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SÍSIFO O LAS ILUSIONES DEL SEÑOR DEL SOMBRERO

«Marcelo ha escrito dibujos, no sólo porque utiliza el instrumento de la escritura sino porque lo que dibuja son ideas. Ideogramas. Alegorías. En síntesis, palabras: la viñeta habla.
Pero dice cosas a modo de acertijo: transmite algo evidente pero que, evidentemente, quieren decir otra cosa. Polisemia. Ambigüedad. Empuja al lector (nunca mejor dicho) al abismo de la asociación libre. “Yo te lo digo y tú piensa lo que te dé la gana”. O sea, lo mismo que ocurre siempre que hablamos, aun- que lo disimulemos. Pues todo decir es apenas “un decir” o “un querer decir”. Una vez dicho, el signo corre libre a cargarse de sentidos que el hablante no previó ni jamás podría haber previsto.

Las viñetas son como aquellos garabatos que uno hace mientras habla por teléfono: mientras la cons- ciencia habla, el inconsciente, que no la oye, dibuja. Y sale lo que sale. Esclavos de nuestra historia íntima, de nuestro oscuro y olvidado pasado, leemos en el signo del otro un signo de nosotros. Nos lo asignamos. Y fingimos que es el mismo. Por respeto. Y por conveniencia: “quisimos juntarnos por puro egoísmo” dice el tango.

El señor del sombrero, víctima de sus ilusiones, no ceja en su empeño de juntarlas con la realidad. Y, como es debido, fracasa. El señor del sombrero es una máquina deseante: pura pulsión, tan irrenun- ciable como imposible de satisfacer. Y algo nos hace sentir que la compartimos. Las viñetas nos inte- rrogan: ¿Qué tenés entre manos? Pues… lo que tengo en la cabeza. Aunque no coincide. Sé que no es lo mismo pero hago la vista gorda. El corazón, a medio camino entre la cabeza y las manos, se dedica a latir. A la espera de una consumación. Y el dedo índice apunta; pero no hace fuego.

El señor del sombrero es un Sísifo huérfano de mito. Y, para disimularlo, arrastra una piedra invisible. Su “dialéctica en suspenso”, esa contradicción sin síntesis, pide, por lo tanto, no más que un díptico: tesis, antítesis… y punto. “La vida es un sueño que cuesta la vida” (otro tango) y el vivirla una mera acumulación caótica de anécdotas.»

«Por eso, las viñetas pueden leerse en cualquier orden: pura aleatoriedad. Pues la vida sólo deviene his- toria cuando se acaba. “Durante”, “mientras tanto”, reina la casualidad. No pide, así, dos narraciones sino dos listas de espasmos opuestos:

Cuesta arriba: sueño, ambición, esperanza, deseo, búsqueda, expectativa, proyecto, plan, empeño, fantasía… ilusión. Cuesta abajo: desafío, contradicción, conflicto, dilema, paradoja, controversia, titubeo, frustración, impotencia, desconsuelo… lucidez. Ilusión frente a lucidez.

Pero el señor del sombrero persevera, no se desanima; rechaza el “no”, el punto final, y se aferra a los puntos suspensivos: gran metáfora ortográfica de la condición humana. El señor del sombrero está estructuralmente equivocado. Se confunde. O sea, confunde deseo con realidad. Y viceversa. Vive en las nubes. O las nubes viven en él. “Creyó que el mar era el río y la noche la mañana. Se equivocaba”.

La vida es el arte de equivocarse para que tenga sentido el vivirla: el poder de la ilusión. MUCHA ilusión. Muchísima. O sea: Marcelo mismo.

NORBERTO CHAVES
Barcelona

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